Grecia en Cataluña

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Fenicios y griegos en Cataluña

s. VII a. C. – s. VI aC
Los fenicios, que procedían del actual Líbano, fueron los primeros en comerciar con las comunidades indígenas de las comarcas meridionales de la actual Cataluña y de las zonas costeras del extremo norte oriental peninsular, llegando incluso a la zona del actual Languedoc.

Los fenicios, procedentes del actual Líbano y con las ciudades de Tiro y Sidón como base de sus operaciones comerciales principales, habían fundado a inicios del siglo VIII a. C. las colonias de Gadir y del Castillo de Doña Blanca (Cádiz), con la finalidad de acceder a los ricos recursos metalúrgicos de la zona tartesia. A lo largo de los siglos VIII y VII a. C. otras colonias fenicias se establecieron en la costa de Málaga (Toscanos, Málaga, Morro de Mezquitilla), Granada (Almuñécar) y Almería (Adra). Asimismo, fenicios procedentes de la zona gaditana fundaron la ciudad de Ebussus (Ibiza), a mediados de siglo VII a. C., con cuyos comerciantes se ha de relacionar la expansión del comercio semita en el territorio de la actual Cataluña. Entre la segunda mitad del siglo VII a. C. y el primer cuarto del siglo VI a. C. se detecta una presencia regular y continua de materiales fenicios en diferentes poblados y necrópolis indígenas tanto en el norte como en el sur de la desembocadura del Ebro, con una penetración importante hacia las tierras del interior, siguiendo el curso inferior del río.

Cada vez son más numerosos estos yacimientos, entre los cuales destacan los de la Moleta del Remei en Alcanar (Montsià), el de la Ferradura en Ulldecona (Montsià), el de Aldovesta en Benifallet (Bajo Ebro), el del Coll Alt y del Castellet de Banyoles en Tivissa (Ribera de Ebro), el de Puig-roig en el Masroig (Priorato) o el del Coll del Moro en Gandesa (Terra Alta). Los materiales fenicios documentados son principalmente ánforas y grandes recipientes para el transporte de vino, aceite y salazones así como vajillas de cerámicas hechas con torno y pintadas con engobe rojo. Sin embargo, no faltan objetos suntuosos como pequeñas botellas de perfumes, bronces, huevos de avestruz decorados y otros materiales de prestigio destinados a las élites locales. El interés de los comerciantes fenicios era acceder a los recursos metalúrgicos de la zona inferior del Ebro, concretamente a las minas de cobre y de plata de la zona de Falset/Bellmunt/Molar (Priorato), y controlar los excedentes de bronce y posiblemente agrícolas de las comunidades indígenas. Este comercio, canalizado desde Ebussus, no implicó la instalación de ninguna factoría permanente en esta zona del Ebro sino que los comerciantes fenicios utilizaron la propia estructura de contactos y de intercambio indígena para establecer su red comercial. Con el mismo mecanismo se explica también la presencia esporádica de ánforas fenicias en poblados indígenas de la franja costera entre el Camp de Tarragona y el Maresme, así como en poblados del Penedès y del Vallès.

Una mayor entidad del comercio fenicio, parecida a la de la zona del Ebro, empieza a dibujarse en el extremo norte oriental de Cataluña, en las actuales comarcas gerundenses, con anterioridad también a la fundación de la colonia griega de Emporion (Ampurias), producida en el segundo cuarto del siglo VI a. C. En los materiales fenicios documentados hace años en el poblado indígena de la Illa d’en Reixac de Ullastret (Baix Empordà) y en la necrópolis de Anglès (Selva) o las imitaciones indígenas de formas fenicias de la necrópolis de Can Bech de Baix d’Agullana (Alto Ampurdán), las investigaciones recientes efectuadas en los alrededores de Ampurias han permitido precisar con mayor claridad la importancia del comercio semita en esta época. En el poblado indígena de Sant Martí d’Empúries (L’Escala, Alto Ampurdán) de la Primera Edad del Hierro, se documenta en la segunda mitad del siglo VII a. C., con un contexto mayoritario de cerámicas indígenas hechas a mano, la presencia esporádica de ánforas fenicias y de importaciones etruscas. También en la necrópolis indígena de incineración de Vilanera (L’Escala, Alto Ampurdán), fechada en la segunda mitad del siglo VII a. C., el único material de importación que aparece documentado son objetos procedentes del comercio fenicio, como grandes recipientes (‘pithoi’), morteros con trípode, contenedores de perfumes (‘aryballoi’) y huevos de avestruz decorados. No cabe duda de que los comerciantes semitas fueron los primeros también en establecer contactos económicos con estas comunidades indígenas del extremo norte oriental de la península, con la finalidad de acceder a sus recursos metalúrgicos y agrícolas. También desde éstas les permitía contactar con la llamada ‘ruta de los metales atlántica’, una antigua ruta que a través de los ríos Garona y Aude conectaba el golfo de León con los yacimientos de estaño, cobre y plomo de las costas atlánticas. Este hecho explicaría también la presencia de materiales fenicios en poblados indígenas de la zona del Languedoc occidental.

Sobre esta red de relaciones comerciales entre indígenas y fenicios incidirá más tarde el comercio griego, principalmente foceo. Los comerciantes foceos, procedentes de la ciudad de Focea (Foça, Turquía) fueron según el historiador griego Heródoto ‘los primeros griegos que efectuaron grandes viajes por mar y descubrieron el Adriático, Tirrena, Iberia y Tartessos’. El interés de los foceos por los metales de la zona tartesia es incuestionable y la arqueología ha demostrado que desde el último cuarto del siglo VII a. C. establecieron contactos comerciales con las factorías fenicias del sur peninsular (Cádiz, Málaga, Toscanos…) y relaciones comerciales estables de forma directa con las ciudades tartesias, como el caso de Huelva. Sin embargo, el comercio foceo no supuso la creación de asentamientos coloniales propios en la zona tartesia sino que interactuó sobre un sistema económico comercial ya establecido por fenicios y tartesios. El hecho de que físicamente este comercio de metales estuviera controlado por las colonias fenicias de la zona, motivó la creación de una ruta comercial focea propia desde el norte del Mediterráneo, con la fundación de Massalia (Marsella), en torno al 600 a. C., y más tarde Emporion (Ampurias), entre el 580 y el 560 a. C., una vez ya establecidos unos primeros contactos comerciales con las poblaciones indígenas. En la segunda fase del poblado de la Primera Edad del Hierro de Sant Martí d’Empúries, fechada entre finales del siglo VII a. C. y el primer cuarto del siglo VI a. C., junto con las cerámicas a mano de producción local e importaciones de ánforas fenicias y ánforas y vajillas etruscas, se documentan ahora copas jonias, vasijas corintias, cerámicas griegas pintadas y grises, que demuestran la presencia de este comercio griego. Sobre este poblado indígena, se produce la creación de la factoría comercial focea massaliota de Emporion, que canalizará, a partir de su fundación, el comercio griego con las poblaciones indígenas que ocupaban los territorios de la actual Cataluña. Hoy en día está descartada la presencia de comerciantes griegos anteriores a los foceos massaliotas. Se considera, por lo tanto, una leyenda la supuesta fundación de la colonia griega de Rhode (Roses, Alto Ampurdán) por parte de los griegos de la isla de Rodas, con anterioridad a la Primera Olimpiada, es decir, antes de 776 a. C. Las excavaciones arqueológicas realizadas en Roses han demostrado que no hay materiales arqueológicos anteriores a inicios del siglo IV a. C., hecho que supone que Rhode fue una fundación griega vinculada a la órbita de influencia de Massalia o a la de la misma Emporion.

La existencia de Emporion es clave para entender la expansión del comercio griego y de la influencia de la cultura griega en los pueblos íberos de la fachada mediterránea de la Península Ibérica, configurados como tales ya desde principios del siglo VI a. C. Más cuando el resto de factorías comerciales que supuestamente fueron creadas por los foceos massaliotas para acceder al sur peninsular y que han transmitido las fuentes escritas antiguas, como Mainake, Hemerescopeion, Alonís y Akra Leuke, no han podido ser todavía localizadas. El impacto comercial y cultural de los emporitanos es evidente en la presencia constante en los poblados íberos de la actual Cataluña, a partir de mediados del siglo VI a. C., de objetos de importación de todo el Mediterráneo (cerámicas áticas de figuras encarnadas, de barniz negro, ánforas vinarias, bronces, cerámicas etruscas…). Sobre todo, en la zona de influencia emporitana, los diferentes ‘oppida’ o poblados íberos de la tribu de los indiketas, como el del Puig de Sant Andreu en Ullastret (Bajo Ampurdán), el de Mas Castellar en Pontós (Alto Ampurdán) o el de Castell en Palamós (Bajo Ampurdán), demuestran una fuerte helenización de la sociedad ibérica. Pero sin duda esta huella griega va mucho más allá, como demuestran las relaciones de Emporion establecidas con las comunidades ibéricas situadas en el sur del río Ebro y en las comarcas de occidente de la actual Cataluña.

El carácter abierto de las relaciones comerciales de la Antigüedad motivó que comerciantes fenicios (o púnicos después de la caída de Tiro el año 573 a. C. en manos de los persas, que supuso la asunción de Cartago como metrópolis de las factorías semitas peninsulares) y griegos fueran los intermediarios de la comercialización y llegada de productos manufacturados de otras culturas del Mediterráneo. Así, tanto la presencia de materiales etruscos (ánforas de vino, vajillas de mesa de ‘bucchero nero’, bronces…) como de materiales egipcios (escarabeo, alabastros…) en la Península Ibérica tienen que ponerse en relación con la actividad comercial desarrollada por los fenicios púnicos y por los foceos massaliotas.

2:

istoria de Ampurias

En un principio encontramos en esta zona una serie de pueblos asimilables a los de la cultura de los campos de urnas, los indiketes. Era una cultura del Bronce Final y la I Edad del Hierro que basaron su economía en una agricultura y ganadería de subsistencia. Un ejemplo de este tipo de pueblo lo encontramos en el yacimiento de Ullastret. Este poblado indiketa comerciará más tarde con los griegos.

Emporion griega

Crátera griega encontrada en Ampurias.

En el 575 a. C. llega a la península la última oleada colonizadora griega, la de los foceos, encaminada al comercio de larga distancia. Los focenses no creaban colonias de poblamiento sino que su objetivo era, primordialmente, comercial. La misma metrópolis, Focea, está erigida con esa finalidad.

Se establece la Palaiápolis, «ciudad antigua», como un mero puerto comercial isleño donde hacer escala frente a la desembocadura del río Fluviá. Con la llegada de los griegos, los indígenas se vuelven productores de bienes de consumo que intercambiarán con los helenos por mercancías más preciadas como el vino. En un principio depende de Massalia, como podemos observar en el gran número de ánforas massaliotas encontradas de esa época.

En el 550 a. C., según Estrabón, se establece una segunda fundación, ésta en tierra firme, en detrimento de la Palaiápolis, que experimenta un gran desarrollo urbanístico. Las palabras de Estrabón las vemos recogidas en su Geografía:

«Los emporitanos habitaban antes una islita delante de la costa que hoy se llama Palaiápolis, pero hoy viven ya en la tierra firme. Emporion es una ciudad doble, estando dividida por una muralla, teniendo antes, como vecinos, algunos indiketes (…). Pero con el tiempo se unieron en un solo estado, compuesto de leyes bárbaras y griegas, como sucede también en otras muchas ciudades»

Estrabón, Geografía, III. 4, 8.

Tras la conquista de Focea por Ciro II, emperador de Persia en 546 a. C, los foceos huyen a la nueva colonia de Alalia, en Córcega. Sin embargo, su presencia acaba incomodando a los cartagineses, que forman una coalición con los etruscos para acabar con ellos. En el 535 se produce la Batalla de Alalia. Los foceos volverán a huir, esta vez se refugiarán en Massalia y Emporion. La ciudad vio aumentada sensiblemente su población por refugiados.

En el siglo V a. C. se produce una época de gran prosperidad basada sobre todo en el comercio griego, en especial con el aprovisionamiento ateniense. Se establecieron acuerdos políticos y comerciales con la población indígena, (que fundó en las cercanías la ciudad de Indika). Debido a su situación en la ruta comercial entre Massalia y Tartesos, la ciudad se convirtió en un gran centro económico y comercial además de la mayor colonia griega en la península Ibérica.

Moneda de Emporion. En el anverso vemos la cabeza de la ninfa Arethusa y en el reverso la leyenda emporiton (emporitanos) en griego y un pegaso, símbolo de la ciudad.

A partir del siglo IV a. C. la ciudad ya crece de forma considerable y es conocida como Emporión, Ἐμπόριον.5 Sigue habiendo mucho comercio griego con la península y se empiezan a acuñar las primeras monedas, anepigráficas, en un primer momento, y con la leyenda EM, más tarde. A finales de este siglo se emiten ya dracmas con el tipo del caballo parado, según modelo púnico, y después con el característico pegaso en el reverso y la cabeza de Arethusa en el anverso.

Continúa el periodo de esplendor hasta la llegada de los Bárcidas. La competencia crea una recesión en la economía emporitana. Los emporitanos envían una embajada a Roma pidiendo ayuda. Roma cierra el Tratado del Ebro con Asdrúbal el Bello en el 226 a. C., según el cual los púnicos no podían pasar el río. Con la Segunda Guerra Púnica Ampurias se significa como fiel aliada de Roma. En el 218 a. C. los romanos envían un ejército, que desembarca en Ampurias, con la misión de cortar los suministros de Aníbal, que está asolando Italia. Este hecho lo vemos citado por Tito Livio:

3:

Secciones

La Ampurias griega

Esculapio de Ampurias
Época: Arte Antiguo de España
Inicio: Año 600 A. C.
Fin: Año 300Antecedente:
Ampurias
Siguientes:
Los santuarios
Las murallas meridionales
Los edificios civiles
La arquitectura doméstica
La escollera helenística
Las necrópolis

(C) Enric Sanmartí-Grego

Comentario

La fundación de Ampurias se inscribe en el haber y en la fase más tardía de la colonización griega, protagonizada en este caso concreto por el pueblo foceo ya desde los inicios del siglo VI a. C. Gracias a Heródoto algo sabemos de esta colonización comercial focea, que llevó por vez primera a gentes de estirpe helénica a la exploración del extremo occidente, esto es, a la rica Andalucía, precisamente allí donde los fenicios, en arriesgadas navegaciones hacia lo ignoto, habían puesto el pie desde hacía ya dos siglos. Probablemente nunca sabremos si, como quería Laura Breglia, los foceos descubrieron primero Tartessos y remontado la costa ibérica fundaron algo más tarde las factorías de Emporion y Massalia; o bien si el proceso fue a la inversa, pero para el caso poco importa, pues lo que merece la pena es constatar en el siglo VI la segura presencia física de los foceos en las costas provenzales y catalanas, y su más que probable llegada a las zonas de Huelva y Málaga, si tomamos en cuenta los abundantes hallazgos de cerámicas de precio y de ánforas comerciales del siglo VI realizados en estas dos ciudades, preciosos testimonios de un comercio basado en la explotación de lujo mediante la práctica de la emporía. Era esta última un sistema de intercambio consistente en el trueque de objetos de prestigio manufacturados -joyas, bronces, cerámicas, perfumes, tejidos, etc. – o de ciertos bienes de consumo alimentario muy apreciados, como por ejemplo el vino o el aceite de oliva, a cambio de materias primas, singularmente metales, entre los que sobresalían la plata, el estaño y el plomo, de los que el mundo oriental se hallaba escaso.
En un ambiente de exploración y de tanteo nada tiene de extraño que el primer establecimiento foceo ampuritano fuera fundado por razones de seguridad en un islote cercano a la costa, en el mismo lugar donde hoy se levanta el pueblecito de Sant Martí d’Empúries, ubicado en el extremo meridional del golfo de Roses. Fue en este punto, junto al cual desembocaba un río, el actual Fluviá, donde los foceos encontraron un refugio seguro en el que asentarse, un lugar que lo mismo les sirvió de punto de aguada, que de puerto, o de excelente cabeza de puente necesaria para poder lanzarse al descubrimiento y explotación de las costas mediterráneas peninsulares. De esta factoría ignoramos su nombre originario y sólo sabemos por el geógrafo Estrabón que más tarde, después de que los foceos hubiesen procedido, hacia el 550 a. C., a la fundación de un ensanche en la costa frontera al islote, recibía el nombre de Paleopolis, o ciudad antigua. De esta instalación fundacional poco es lo que sabemos, pues al haber pervivido sin práctica solución de continuidad la ocupación humana en este lugar, ésta ha destruido en buena parte los restos ocultos en su subsuelo; sin embargo, gracias a las excavaciones de los años 60 del siglo XX, sabemos de la existencia de materiales arqueológicos fechables en el curso del siglo VI, modestos si se quiere, pero suficientes para probar la existencia aquí de una fundación griega ya en fechas tan tempranas.
Desde el punto de vista monumental, hay que suponer que aquí debió hallarse el templo de la Artemis de Efeso, la diosa nacional de los foceos, y se puede aventurar que sus restos deben encontrarse en el subsuelo de la actual iglesia parroquial. En ese sentido, cabría la, posibilidad de que un friso jónico consistente en un par de esfinges opuestas entre sí, un gran capitel jónico hallado junto a la mencionada iglesia y algunos elementos arquitectónicos embebidos en la fábrica de la misma hubiesen pertenecido al templo arcaico antes citado.
Hacia mediados del siglo VI, una vez consolidada su presencia en la costa ampurdanesa gracias a su aceptación por parte de la población indígena, que pronto comprendió que las ventajas que traía consigo la presencia extrajera eran mayores que los inconvenientes, puesto que gracias a ella se le abría una ventana a los anchos horizontes del mundo mediterráneo, los foceos procedieron a fundar un segundo establecimiento en la costa situada al sur del islote, núcleo habitado cuyo paulatino crecimiento hasta alcanzar un nivel urbano aceptable, duró unos cien años. Así, a mediados del siglo V, más o menos hacia el momento de la transformación de la factoría en una auténtica polis -cuya vocación comercial queda atestiguada por el nombre que adopta y que figura abreviado en sus primeras monedas fraccionarias de plata, es decir, el de Emporion, que en griego significa mercado- vemos que la ciudad alcanza su primer límite meridional. Este, con posterioridad a estas fechas, aún fue retocado unas cuantas veces con el fin de mejor adecuar el espacio ocupado por sus santuarios, lo cual implicó unos coetáneos remodelados de los sucesivos frentes de muralla.
Con la única excepción de estos últimos elementos, poco es lo que sabemos aún del urbanismo y de la arquitectura doméstica del período clásico, y ello es debido a que sus restos se hallan ocultos bajo el nivel de la ciudad de época helenística, que es la que aparece ante nuestros ojos cuando visitamos Ampurias; sin embargo, recientes excavaciones han mostrado que las casas griegas no diferían en mucho de las contemporáneas ibéricas, de forma que en su construcción la tierra intervenía como material más utilizado, ya fuese bajo la forma de adobes para la elevación de los muros, que eran construidos sobre zócalos pétreos, o bien de masas de arcilla para la confección de los suelos de habitación o de los hogares.
Esta situación fue la que se mantuvo hasta fines del siglo III a. C., pues a partir de la entrada en escena de los romanos a raíz de la segunda guerra púnica, la ciudad conoció una nueva dinámica. económica y cultural que la transformó en un centro de tipo helenístico dotado de los elementos necesarios para dar respuesta a unas nuevas exigencias que su nuevo rango de emporio distribuidor del comercio itálico en la Iberia levantina y septentrional requería. A esta época corresponde la última remodelación del frente de muralla meridional, la adecuación de nuevos santuarios, la creación de un macellum y de un agora con stoa, la construcción de una escollera para proteger el frente marítimo de la ciudad, así como la adaptación de las viviendas autóctonas a los esquemas propios de la casa itálica contemporánea y la introducción de los programas decorativos inherentes a la misma.

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Pueblos colonizadores y autóctonos. La cultura íbera, griega y fenicia.

s. VIII a. C. – s. III d. C.
Entre el siglo VIII a. C. y el inicio de la romanización, en el siglo III a. C., confluían tres culturas: la de los pueblos íberos, que era la autóctona, la griega y la fenicia, que establecerán las bases culturales del futuro territorio catalán.

Los fenicios y los griegos, desde finales del segundo milenio a. C., desarrollaron un intenso tráfico comercial por todo el Mediterráneo. Los motivos que los empujaron al descubrimiento del ‘Mare Nostrum’ occidental fueron por un lado la expansión de su comercio fundamentado en la producción manufacturera, pero sobre todo la búsqueda de los metales –cobre y bronce– y otras materias primas. Después de haber fundado diversas colonias en el norte de África, los fenicios se establecieron en las ricas tierras de Andalucía con un importante asentamiento en Gades, desde donde tuvieron una decisiva influencia en el desarrollo de la cultura tartesia e ibérica. El resultado de este contacto se reflejó en la escritura, en las técnicas de trabajo del metal –especialmente el hierro–, en el consumo y la producción de vino y aceite o dando a conocer la cerámica a torno.

Los hallazgos de ánforas fenicias procedentes primero de las factorías del sur peninsular y después de las ibicencas, son los vestigios de un activo comercio –y no de una factoría propia– anterior a la llegada de los colonizadores griegos al Bajo Ebro y al Ampurdán. Parece ser que fueron los fenicios quienes introdujeron la metalurgia en Cataluña a mediados del siglo VIII a. C.

Los pueblos griegos provenientes de Focea, en el Asia Menor, después de fundar Massalia (Marsella) hacia el año 600 a. C. y dominar el arco costero definido entre la Liguria italiana y el golfo de Roses, levantaron Ampurias y Roses. Esta primera colonia griega se situó en el casi islote de Sant Martí d’Empúries hacia el año 580 a. C. y fue el origen de la futura ciudad de Emporion (mercado), nombre del cual deriva Ampurdán. Rhode (Roses), en cambio, se fundó un siglo más tarde y llegó a ser una polis importante en el siglo III. Aunque en un principio Emporion y Rhode estaban dentro de la órbita comercial de Massalia, con el tiempo se independizaron y crearon circuitos propios de comercialización, como lo testimonia la acuñación de moneda propia con el nombre de la ciudad, que acabaría sirviendo como modelo para las primeras acuñaciones indígenas ibéricas.

El contacto entre los griegos y las poblaciones indígenas de Ampurias estimuló las actividades económicas de éstos, que adoptaron rasgos culturales como la adoración a Deméter o Apolo, y desarrollaron técnicas y conocimientos. En gran medida, las tribus ibéricas autóctonas son deudoras de las influencias recibidas de los pueblos colonizadores. Fueron primero los griegos y después los romanos los que introdujeron las diversas potencias de la antigüedad. Lo atestigua el hallazgo, en las excavaciones del año 1909, de la estatua de Asclepios o Escolapio, en mármol de Paros y del Pentélico del siglo IV. También la escritura íbera, aún hoy no descifrada, se vio estimulada por la presencia griega. El carácter pacífico de la presencia griega hizo que la integración de las dos comunidades fuera positiva hasta el punto de que en el siglo IV a. C. hicieron frente común a las destrucciones generadas por la incursión de los galos.

La polis griega de Ampurias, una ciudad de no más de seis hectáreas y de unos dos mil habitantes, alcanzó el grado más alto de esplendor en el siglo IV a. C. Esta etapa dorada se mantuvo incluso con la ocupación romana de finales del siglo III a. C., exactamente el año 218 a. C., en el marco de la Segunda Guerra Púnica entre Roma y Cartago, por el dominio del Mediterráneo occidental. La presencia romana no alteró la buena convivencia greco-íbera, sino que se sumó a ella y la mantuvo intacta hasta el siglo III. Por otra parte, su importancia como centro mercantil en la costa peninsular tampoco se vio afectada por el hecho de haber perdido la independencia política.

Los pueblos indígenas autóctonos, los íberos, producto de la evolución propia de los pueblos de la edad del bronce, eran agricultores, ganaderos y comerciantes. Se dedicaban al cultivo de los cereales (trigo, cebada y avena), legumbres (lenteja, guisante, guija), hortalizas, fruta seca (almendra, avellana); elaboraron aceite, a partir de la llegada de los romanos, y aunque cultivaron la viña no es seguro que elaboraran vino. Trabajaban los campos con arados de hierro. En el poblado de Les Toixoneres (Calafell), se ha documentado la producción de cerveza. También desarrollaron una sólida economía agropecuaria (cabras, ovejas, cerdos) y practicaban la caza y la pesca. Objeto de exportación fue su incipiente artesanía textil (hilado y tejido).

Aunque el pueblo íbero haya dado posteriormente nombre a la denominación de la Península, éstos tan sólo ocupaban la parte de la costa levantina comprendida entre Andalucía y el valle del río Ródano. Dentro del territorio catalán, los pueblos íberos se agrupaban en dos zonas: la de la costa y la del interior. En la costa vivían los ilercavones (Baix Ebre), los cossetanos (Camp de Tarragona), los layetanos (entre los ríos Llobregat y Tordera, en la costa barcelonesa) y los indigetes (la Selva y el Ampurdán, en contacto, con los griegos). El interior lo ocupaban los ilergetes (Lleida, Baix Urgell, parte de Aragón y Prepirineo leridano), los jacetanos (al norte de los anteriores y hasta el Pirineo), los lacetanos (valle alto y medio del Llobregat), los ausetanos (Osona hasta Les Guilleries), los sedetanos (valle medio del Ebro), los suessetanos (entre los sedetanos y los ilergetes, hasta el Pirineo), los ceretanos (Cerdanya), los bergistanos (Berguedà), los castelanos (Garrotxa), los airenosinos (Valle de Arán) y los andosinos (Andorra).

Estos pueblos compartían una misma organización social, la cultura material y la lengua, aunque con variedades dialectales. Sin embargo, las diferencias entre ellos vendrán determinadas por su relación cultural con los pueblos colonizadores fenicios, griegos y romanos, que también marcaban sus actividades económicas. Estas actividades eran diferentes según si se trataba de ámbito local o internacional. Así, en el primero predominaba la actividad manufacturera de tipo doméstico que complementaba el trabajo del campo. En el ámbito internacional, empezaron a llegar, vía Ampurias, artículos de lujo como la cerámica de alta calidad o la orfebrería, que se intercambiaba por las materias primas del territorio. Este tipo de intercambios dieron lugar a la aparición de personas que disfrutaban de un cierto prestigio dentro de la comunidad, un rasgo que no se ha de confundir con la estratificación de unos grupos sociales jerarquizados.

En las comunidades íberas había una autoridad representativa. Las tribus de la costa, que estaban en contacto con los griegos, se regían con asambleas generales y consejos de ancianos. En cambio, en los pueblos del interior, el liderazgo tenía un carácter militar. Un buen ejemplo es el caso de Indíbil y Mandonio de la tribu de los ilergetes (Lleida), que el año 206 a. C. se sublevaron contra la ocupación romana con un ejército de veinte mil infantes y dos mil quinientos jinetes. Con el tiempo, sin embargo, la organización tribal se fue transformando y el sistema asambleario y de consejo se convirtió en un gobierno aristocrático.

Los íberos habitaban en poblados, a menudo fuertemente amurallados y construidos en lugares estratégicos, con el fin de facilitar la defensa: cimas de pequeñas colinas o cerca de grandes desniveles. En sus ritos religiosos, ofrecían sacrificios a las divinidades. El rito funerario (la costumbre era incinerar a los muertos) ocupaba un lugar significativo.

Entre las muchas comunidades íberas del territorio catalán, destacaba la ciudad de Ullastret, en el Baix Empordà, que data del siglo IV a. C. Rodeada de una muralla, con una estructura de calles y plazas bien definidas, contaba con sistemas de almacenamiento como los silos y las cisternas y tenía un templo en la acrópolis. Es, precisamente, en Ullastret donde se ha encontrado uno de los conjuntos más importantes de inscripciones sobre láminas de plomo de Cataluña.

Dos hechos marcaron la historia de las comunidades íbera y griega: la incursión de los galos en el siglo IV a. C., con la consiguiente destrucción y/o abandono de algunos núcleos de población, signo inequívoco de la debilidad de las estructuras políticas ibéricas, y la llegada, en el siglo III a. C., de un nuevo pueblo colonizador, el romano. A lo largo del siglo II a. C. fueron frecuentes las revueltas íberas, que las autoridades romanas contestaban con medidas de represión económica y política. De manera progresiva, sin embargo, las comunidades greco-íberas se fueron romanizando a causa del reconocimiento a una cultura superior, más desarrollada y avanzada, que se imponía a la tribal cultura ibérica. Más refractarias a la romanización fueron las tribus íberas que vivían en tierras pirenaicas. Éstas fueron fieles, durante mucho tiempo, a su lengua y a sus tradiciones

6:

Ἐμπόριον / Emporiae
Ampurias
Municipium del Imperio romano
Planta del yacimiento arqueológico de Ampurias.
Planta del yacimiento arqueológico de Ampurias.
Datos generales
Ubicación 42°08′05″N 3°07′14″ECoordenadas: 42°08′05″N 3°07′14″E (mapa)
Habitantes indigetes, griegos de Focea, romanos
Idioma íbero, griego, latín
Fundación siglo VI a. C.
Desaparición siglo III (San Martín de Ampurias continúa habitado)
Provincia Tarraconense
Administración
Correspondencia actual San Martín de Ampurias (La Escala)
(Bandera de España España)

Ampurias (en catalán Empúries; del gr. ant. Ἐμπόριον,1 que significa «mercado», «puerto de comercio»;2 en latín Emporiae; también llamada por algunos Blaberura)3 fue una ciudad griega y romana situada en el noreste de la península Ibérica, en la comarca gerundense del Alto Ampurdán. Fue fundada en 575 a. C. por colonos de Focea como enclave comercial en el Mediterráneo occidental. Posteriormente fue ocupada por los romanos, pero la ciudad fue abandonada en la Alta Edad Media, excepto el núcleo de San Martín de Ampurias, que continúa poblado en la actualidad.4

Los yacimientos arqueológicos de Ampurias se encuentran sobre el golfo de Rosas, en el municipio de La Escala (Gerona) y son unos de los restos griegos más importantes de España. La zona está conformada por una llanura hundida por donde pasan los ríos Ter y Fluviá. No se trata de un único núcleo sino de tres diferenciados: Palaiápolis, Neápolis y Ciudad romana.

  • La Palaiápolis (en griego παλαιάπολις, «ciudad antigua») la encontramos citada por Estrabón como fundación de los foceos de Massalia, que adoraban a la diosa Ártemis de Éfeso. Esta primera colonia se instaló en una isla frente a la costa, lo que hoy sería San Martín de Ampurias.
  • El término Neápolis (en griego νεάπολις, “ciudad nueva”) es el término comúnmente aplicado por los griegos para la zona de crecimiento de una ciudad, y le fue dado en este caso por Puig i Cadafalch para designar al asentamiento situado al sur de la Paliápolis, ya tierra adentro. Este asentamiento nace como resultado del crecimiento demográfico que no puede soportar la ciudad antigua.
  • La Ciudad romana es una antigua fortaleza (praesidium), asentada en un promontorio más al oeste de la Neápolis. Es un rectángulo de 750×350 metros delimitado por una muralla que acoge un sistema urbano desarrollado en torno a varios cardos y decumanos.

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